La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

Hemos elaborado la página Ferran Cremades escritor a fuego lento. Disfrútala.

Capvespre

     Albufera de València

Lee novelas

     Novela Histórica

     Ferran Cremades

Suzanne Valadon: La caída del Eterno Femenino

 

© Ferran Cremades, Primavera 2019

A Marieta, capricornio, a pesar de ella misma

 

             
 

       
  Autorretrato, 1883       Autorretrato, 1893  

I

  El juguete preferido de la hija de la costurera y lavandera fue el columpio suspendido en la rama de un árbol, cerca del río, por lo que su naturaleza se mostró siempre propicia a los vuelos. Así pues, toda clase de fantasías anidaban en el corazón de aquella niña que vivía sola con su madre. Soñaba con volar por el cielo sobre un caballo alado. Al caer la noche, miraba la puerta de casa esperando la presencia del padre, pero sólo hallaba un vacío que llenaba con relatos inverosímiles. Con 14 años se fugó de casa para buscarse la vida. Había oído hablar de la colina de Montmartre. Seguro que allí podría encontrar trabajo como trapecista. Iba a probar suerte. El paisaje le sorprendió por su belleza. Viñedos y molinos salpicaban las pendientes abruptas y los arroyos que fertilizaban los pastos donde se veían rebaños de ovejas y cabras. Se adentró en una pequeña terraza cubierta de viejas acacias. Jardines de denso follaje y flores silvestres adornaban las callejuelas silenciosas bordeadas de pequeñas casas donde se refugiaban los poetas y pintores que huían de la moral rancia y del lujo desmedido que reinaban en los grandes bulevares de París. No lejos de allí, estallaban en el horizonte canciones ebrias salidas de voces desaforadas. Allá estaban los cabarets y algún que otro sórdido tugurio, donde se enfrentaban bandas de maleantes. Aquella noche las navajas volaron y las riñas se tiñeron de sangre.

 

II

  La muchacha soñadora de provincias, sucia y flacucha, se paseaba por las tiendas y los bares buscando algo para llevarse a la boca. Sobrevivía como podía, robando pan y botellas de leche. Le gustaba garabatear con tiza las aceras, como cuando era niña.  Hasta que un día un acróbata del circo la encontró haciendo malabares con unas manzanas recién robadas y le propuso un contrato de trapecista en el circo Mollier. Fue entonces cuando realmente sintió que su cuerpo llevaba alas. Día tras días se balanceaba en un mundo lleno de estrellas. Le gustaba todo lo que le proporcionaba aquel oficio. Los aplausos de los espectadores, las luces, los amigos con los que mataba el rato en la taberna. En aquel tiempo, los acróbatas, los pintores y los poetas bebían juntos y brindaban por la libertad. Tal vez por ello la muchacha de provincias aprendió pronto a vivir. Ahora ya llevaba dinero en el bolsillo para poder apurar alguna copa de vino o de absenta con la que conciliar el sueño. Un día, su temeraria actitud la llevó a subirse en lo alto del mástil. Con la mirada turbia de dudas, empuñó las anillas y, al realizar el salto mortal, hizo un mal giro en el aire y cayó en la pista. Nunca antes había sentido lo que significaba el espanto de no poder levantarse por sí sola. Había olvidado que los cielos tienen también sus precipicios. Y en ese momento le vino a la mente el columpio de la infancia. La imagen de su mirada perdida en el río le empujó a mostrarse invencible.

 

             

   
              Los paraguas
Pierre Auguste Renoir, 1886
  La Trenza
Pierre Auguste Renoir, 1887
  La Resaca
Henri Toulouse-Lautrec, 1888

 

III

  Aquella maldita caída hizo el milagro de convertir a la acróbata en modelo. En la Place du Tertre, donde culminaba la colina, algunas muchachas de provincias se agolpaban alrededor de los pintores para cumplir sus sueños. Todos elogiaban la belleza de su cuerpo, desde sus ojos azules a su mirada descarada, que era como una coraza para sobrevivir en aquella colina. Pierre Puvis de Chavannes se vanagloriaba de haber sido el primero en representarla en bellos retratos. Con su barba y su bastón, Toulouse-Lautrec, que ya había visto a la acróbata volar en el trapecio, se le acercó afable y, tras estudiarla minuciosamente, le pidió encarecidamente que posara para él y de inmediato le hizo una oferta valiosa. La belleza de aquella muchacha era deslumbrante. De hecho, la retrató de perfil en su obra La Resaca. Está acodada sobre una mesa, la mano en el mentón frente a una botella medio vacía y un vaso con un poco de vino u otro licor. Tiene en la boca un gesto amargo y la mirada turbia se pierde en oscuros pensamientos. La atmósfera es irrespirable, una niebla de aislamiento y de tristeza hecha de pinceladas fulminantes que apenas llegan a cubrir el lienzo. Con el tiempo, la modelo gozó de una estrecha amistad con el que consideraba su maestro, pues le desvelaba la magia de la pintura y le ofrecía la biblioteca para que pudiese leer con fruición. Era la modelo preferida de Renoir. En uno de sus cuadros la vemos en un primer plano, justo en el instante de hacerse la trenza. Todo se concentra en la belleza de aquel rostro de mejillas sonrosadas y ojos azules del que emerge una luz huidiza. En el cuadro Los paraguas, que representa una escena en el momento que empieza a caer una lluvia de azules, los personajes van todos con paraguas menos ella, que aparece en primer plano llevando un cesto. La voluntad de persistencia, en el balanceo del trapecio de la vida, la llevaron a suportar las agotadoras sesiones como modelo. En poco tiempo, la muchacha de mirada descarada  y desafiante atrajo la atención de los artistas del momento, que se enamoraban tanto de su belleza indescriptible como de la osadía del espíritu libre que la hacía tremendamente atractiva. Posaba para los mejores pintores. A veces desnuda, apoyada o tendida sobre la cama. Otras veces cubierta con vestidos lujosos, como una burguesa parisina. O con sus senos de manzana desbridados sobre el corsé, es decir, libre ya de todo prejuicio. La tristeza de su vida privada se llenó de júbilo con la llegada de su hijo, que le dio todo el amor que le habían negado los hombres.

 

IV

  Un día, para celebrar la primavera, invitó a una fiesta a los pintores que tanto admiraba. Vivía en una buhardilla tan estrecha como austera. La modelo había dejado la puerta entreabierta para que pudiesen entrar. Uno tras otro, se fueron presentando los artistas, cada uno de ellos con un ramo de flores en la mano. Al abrir la ventana, el cuarto se iluminó como un desorden maravilloso. Se veían telas azules y rojas colgando de las paredes. Apareció vestida con un pantalón ancho de rayas y rodeada de sus gatos. Se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió. Con el pensamiento abstraído en sus sueños, la modelo les dio la bienvenida al grito de ¡Viva el amor! Desparramados por todas partes, sofá, sillas, mesa y suelo, se veían los dibujos en grafito, carbón y sangre, así como los lienzos que había realizado. De pronto se hizo un largo silencio. Todos ellos quedaron asombrados del talento que poseía la que para ellos era simplemente una musa inspiradora. Por un momento buscó en las miradas de Toulouse-Lautrec y Edgar Degas una respuesta y le deslumbró un destello de esperanza. Mientras posaba como modelo, la muchacha de provincias había aprovechado la ocasión para aprender a manejar los rudimentos de aquel oficio que le apasionaba tanto como el balanceo del trapecio. A todos los allí presentes les mostraba el secreto que durante un tiempo había guardado bajo llave en uno de sus armarios. Se veían desnudos femeninos, gatos y bodegones sin florituras. Flores tan frágiles como delicadas en un simple vaso. Edgar Degas se fijó en las líneas vivas de sus dibujos y pinturas y, tras bajar la mirada un instante, se le acercó para darle un abrazo y decirle al tiempo que acariciaba sus mejillas sonrosadas: “Pintas como nosotros”. Aquella afirmación arrebató a la modelo una sonrisa llena de esperanza y de certeza. Por fin la consideraban como una más de su círculo. “Aparte de buen corazón, tienes talento”. Edgar Degas la quiso siempre. De hecho, fascinado por su fuerza expresiva, fue el primero en comprarle una de sus obras, animándola así a que continuase el camino de su pasión por la pintura. Al final, Suzanne les invitó al bar de la esquina a tomar un trago. La única medicina para curar la locura de aquellos tiempos era la absenta. El agua ni se veía, era puro veneno. Así fue cómo la modelo y musa salió del marco de aquel desván. Hasta ahora no había sido más que una pintora invisible. Este fue el triple salto mortal de Suzanne. La trapecista soñadora pasó de ser modelo a ser considerada y admirada como artista. Ahora era una de ellos. Una más. De hecho, al año siguiente expuso sus dibujos en el salón de la Nationale. Al final le llegó la fama, el dinero y, lo que resultaba más difícil, el reconocimiento entre los colegas de profesión, llegando a ser la primera mujer en administrar la Société Nationale des Beaux-Arts. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos, la pintura –y casi todo− era cosa de hombres. Las mujeres artistas de la academia hasta tenían prohibida su asistencia a las clases de desnudo femenino.

         
     
   Adán y Eva, 1909    Rosas en un vaso, 1917  

V

  Más cercana a la fuerza irresistible de la naturaleza que a las convenciones morales de una sociedad burguesa, Suzanne Valadon vivió tal como quiso. Los amantes que la adoraban no tenían otro remedio que dejarse balancear entre la admiración y el amor fugaz. Hasta el músico Erik Satie abandonó las teclas de su piano para caer en sus brazos, al día siguiente de conocerla. Pasado el año de relación, abandonó al músico, que se quedó hundido en la más fría soledad, sin escuchar los ecos de viento en su cabeza y con el corazón desgarrado. Llegó a tener como amante a un joven rico que, tras librarle de las penurias económicas, le permitió una dedicación exclusiva a la pintura. Pero ella no soportaba el silencio de la casa de campo rodeada de comodidades. Le ahogaba el peso de la vida burguesa. A pesar de las dificultades con las que se topó en la vida, nunca renunció a la pasión del amor y la encontró en un joven pintor, amigo de su propio hijo. Es hermoso como un dios. Así lo describía su corazón. Un joven que también reconocía la grandeza de su paleta. Por eso no tardó mucho en abandonar a su amante adinerado para regresar a la bohemia de Montmartre con el fin de abrazar a sus amigos.

 

     
  Gato sentado en una silla, 1918   Autorretrato con ramo de flores, 1918  

 

VI

  La luz del crepúsculo empezaba a inundar la colina de Montmartre. Había nubes de color naranja en el cielo de París. Las lilas que se veían en los jardines de aquella calle florecieron una primavera más. Al fondo se veía la abadía de las monjas benedictinas. Y unos molinos. Por doquier había tabernas, salas de baile y antros de mala reputación. Lejos ya el eterno femenino, la mirada de Suzanne era el espejo de la soledad. Un día Toulouse-Lautrec se percató que aquella figura femenina que aparecía sola era ella. Ella sola frente al abismo. Al final el maestro retrató a la alumna como la mujer que era. “Retrato de Madame Valadon, artista y pintora”. Ahora era lo que quiso ser. Una artista consagrada al arte de la pintura. Entre cielos azules y precipicios grises. Suzanne estaba sentada sola junto a un camino, a las afueras de Montmartre. Aquella figura diminuta al lado de la grandeza del paisaje, se mostraba como una amante de paisajes abandonados. Tal vez se hacía preguntas o simplemente recibía las caricias del viento. En su soledad, veía a todos aquellos pintores consagrados como seres tan geniales como insignificantes. Ni siquiera cuando trabajaba como modelo había dejado de ser mujer. Su presencia imponía cierto silencio y mucha admiración. Con la mirada, más que con las palabras, cuestionaba todo cuanto veía y le rodeaba. Era el veneno de la sabiduría. Para conocer la verdad de la mujer era necesario traspasar la superficie del eterno femenino.

 

VII

  La paleta de Suzanne era rica en colores que se esparcían como luces tenues o vibraban como llamas intensas. En su obra trataba de atrapar lo que ella veía y sentía. Como mujer de personalidad osada y moderna, no se sintió sujeta a normas establecidas. Sin embargo era muy exigente consigo misma y no daba por terminada una obra hasta considerarla perfecta para ser expuesta. Sus obras eran una exaltación de la belleza de la naturaleza, de la que debemos gozar. Marcaba las líneas y las formas como si quisiera autoafirmarse. Suzanne mostraba una disposición especial en describir los espacios amplios de los paisajes. Las figuras, en movimiento o en calma, tenían la fuerza de la instantánea. En los gestos del cuerpo revelaba el carácter del personaje y su importancia en la escena. Se veían manchas de color. Los volúmenes perfilados se tornaban espacios geométricos. Tras pintar desnudos femeninos, encontró su paraíso en la representación del desnudo masculino, lo que supuso todo un escándalo en aquella época. Los puritanos de turno le obligaron cubrir los genitales de Adán, representado por su joven marido, si quería exponer la obra. Así que Suzanne, que representaba a una Eva despojada de todo prejuicio, arrancó la manzana con decisión y le puso a Adán unas hojas de parra para cubrir sus dudas y temores.

 

 

       
  Ramo de flores y un gato, 1919       La muñeca abandonada, 1921  

 

VIII

  Todo empezó en un columpio suspendido en la rama de un árbol, cerca de un río, y acabó en la colina de Montmartre, donde llegó con una sonrisa en la cara y nada en los bolsillos. Desde la más tierna infancia se enfrentó a las adversidades. Días que tiritaba de frío junto al quinqué y días que ni comía ni dormía. Días de sueños y días en que el alma se sentía desfallecer. Ahora pinta con pasión, a la luz de una lámpara de gas, hasta que el amanecer inunda el estudio espacioso de la rue Cortot, donde se alojaban numerosos artistas. Allí vivía una vida desahogada, pero sin lujos. Cuando los marchands vendían algunos de sus cuadros había fiesta, copas, amor y cuatro palabras de más. Su nombre se grabó con sangre, sudor y sueños en los manuales de historia, dejando de ser así una de esas mujeres desconocidas que caen en el olvido. Aquel día apenas había luz en la habitación de aquel palacio. El cielo amenazaba tormenta. Más allá de la ventana todo era profunda oscuridad. Aunque estaba lejos de París, sentía el latido de la colina de Montmartre. Subida todavía en el trapecio de la vida, se balanceaba entre los cielos que se pierden en el infinito y los precipicios que nos llevan al vacío. La luz de una mujer como Suzanne Valadon sólo podía apagarse un día de primavera.

 

 

     

 

 

 

 

 

Las dos bañistas, 1923

 

 

     

Mujer con medias blancas, 1924

 

Suzanne Valadon: La chute de l'Eternel Femenin

 © Ferran Cremades, Printemps 2019

 À Marieta, Capricorne, malgré elle.

 

 I

  Le jouet préféré de la fille de la couturière et blanchisseuse était la balançoire suspendue dans la branche d’un arbre, près de la rivière, raison pour laquelle sa nature était toujours propice aux vols. Ainsi, toutes sortes de fantaisies se sont nichées dans le cœur de cette fille qui vivait seule avec sa mère. Elle rêvait de voler dans le ciel sur un cheval ailé. À la tombée de la nuit, elle regardait la porte de la maison dans l’attente de la présence de son père, mais elle n’avait trouvé qu’un vide rempli d’histoires invraisemblables. À l’âge de 14 ans elle s’est enfuie de chez lui pour chercher sa vie. Elle avait entendu parler de la colline de Montmartre. Bien sûr qu’elle pourrait y trouver un travail de trapéziste. Elle allait tenter sa chance. Le paysage l’a surprise par sa beauté. Des vignes et des moulins parsemaient les pentes abruptes et les ruisseaux qui fertilisaient les pâturages où on pouvait voir des troupeaux de moutons et de chèvres. Elle entra sur une petite terrasse couverte d’anciens acacias. Des jardins au feuillage dense et aux fleurs sauvages ornaient les ruelles silencieuses bordées de petites maisons où se réfugiaient des poètes et des peintres fuyant une morale rance et le luxe excessif qui régnait dans les grands boulevards de Paris. Pas loin de là, des chansons ivres ont éclaté de voix folles. Il y avait les cabarets et le bidonville sordide où des gangs de méchants se faisaient face. Cette nuit-là, les couteaux ont volé et les bagarres furent tachées de sang.

 

II

  La fille rêveuse des provinces, sale et maigre, traversait les magasins et les bars à la recherche de quelque chose à se mettre dans la bouche. Elle a survécu comme elle pouvait, volant du pain et des bouteilles de lait. Elle aimait griffonner des dessins à la craie dans les trottoirs, comme elle le faisait quand elle était enfant. Jusqu’au jour où un acrobate du cirque le retrouva jonglant avec des pommes qu’elle venait de voler et proposa un contrat de trapéziste au cirque Mollier. C’est alors qu’elle sentit vraiment que son corps portait des ailes. Jour après jour, elle se balançait dans un monde plein d’étoiles. Elle aimait tout ce que ce métier lui donnait. Les applaudissements des spectateurs, les lumières, les amis avec qui elle a tué le temps à la taverne. À cette époque-là, les acrobates, les peintres et les poètes buvaient ensemble et trinquaient pour la liberté. C’est peut-être pour cela que la fille de province a vite appris à vivre. À présent, elle portait déjà de l’argent dans sa poche pour pouvoir boire un verre de vin ou une absinthe avec laquelle elle pourrait s’endormir. Un jour, son attitude imprudente la poussa à grimper sur le sommet du mât. Avec le regard nuageux de doutes, elle agrippa les anneaux et, faisant le saut périlleux, fit un mauvais virage en l’air et tomba sur la piste. Elle n’avait jamais ressenti auparavant le choc de ne pas pouvoir se tenir debout toute seule. Elle avait oublié que les cieux ont aussi leurs précipices. Et à ce moment-là, la balançoire de l’enfance est venue à l’esprit. L’image de ses yeux perdus dans la rivière le poussa à être invincible.

 

III

  Cette maudite chute a fait le miracle de transformer l’acrobate en modèle. Sur la place du Tertre, où la colline culmine, des filles de province se pressent autour des peintres pour réaliser leurs rêves. Tout le monde a loué la beauté de son corps, de ses yeux bleus à son regard sans vergogne, qu’était comme une cuirasse pour survivre sur cette colline. Pierre Puvis de Chavannes s’est vanté d’avoir été le premier à la représenter dans de beaux portraits. Avec sa barbe et sa canne, Toulouse-Lautrec, qui avait déjà vu l’acrobate voler dans le trapèze, s’est approché amicalement de lui et, après l’avoir étudié à fond, lui demanda de poser pour lui et tout suit lui a fait une offre avantageuse. La beauté de cette fille était éblouissante. En fait, il a fait un portrait de profil dans son tableau Gueule de bois. Elle est appuyée sur une table, la main sur le menton devant une bouteille à moitié vide et un verre avec un peu de vin ou autre boisson alcoolisée. Elle a un geste amer dans la bouche et le regard trouble est perdu dans les pensées sombres. L’atmosphère est irrespirable, un brouillard d’isolement et de tristesse fait de coups de pinceaux fulminant qui couvrent à peine la toile. Avec le temps, la modèle a noué des liens étroits avec celui qu’elle considérait comme son maître, car il lui a révélé la magie de la peinture et lui a offert la bibliothèque pour qu’elle puisse lire avec plaisir. C’était la modèle préféré de Renoir. Dans une de ses peintures on la voit en gros plan, juste au moment de se tresser les cheveux. Tout se concentre sur la beauté de ce visage aux joues roses et aux yeux bleus d’où émerge une lumière éphémère. Dans la peinture Les Parapluies, que représente une scène où une pluie de bleus commence à tomber, les personnages vont tous avec un parapluie, sauf elle, qui apparaît au premier plan avec un panier. La volonté de persister dans le balancement du trapèze de la vie, l’a amenée à soutenir les sessions épuisantes en tant que modèle. En peu de temps, la jeune fille au regard sans vergogne et provocant a attiré l’attention des artistes du moment, qui sont tombés amoureux autant de sa beauté indescriptible que de l’audace de l’esprit libre qui la rendait extrêmement séduisante. Elle a posé pour les meilleurs peintres. Parfois nue, penchée ou allongée sur le lit. D’autres fois couverte de robes luxueuses, comme une bourgeoise parisienne. Ou avec ses seins de pomme débridés sur le corset, c’est-à-dire, sans préjugés. La tristesse de sa vie privée fut remplie de joie avec l’arrivée de son fils, qui lui donna tout l’amour que les hommes lui avaient nié.

 

IV

  Un jour, pour fêter le printemps, elle a invité les peintres qu’elle admirait. Elle vivait dans un grenier aussi étroit qu’austère. La modèle avait laissé la porte entrouverte afin qu’ils puissent entrer. Les artistes se sont présentés l’un après l’autre, chacun tenant un bouquet de fleurs à la main. Lorsque la fenêtre s’ouvrit, la pièce s’illumina comme un merveilleux bazar. Vous pouviez voir des tissus bleu et rouges suspendus aux murs. Elle est apparue vêtue d’un large pantalon rayé et entourée de ses chats. Elle porta une cigarette à ses lèvres et l’alluma. La pensé abstraite dans ses rêves, la modèle les a accueilli au cri de Vive l’Amour! Disséminés partout, canapé, chaises, table et sol, vous pouviez voir les dessins en graphite, charbon et sang, ainsi que les toiles qu’elle avait réalisées. Soudain, il y eut un long silence. Tous étaient étonnés du talent qui possédait ce qui était pour eux simplement une muse inspirante. Un instant, elle regarda Toulouse-Lautrec et Edgar Degas dans les yeux pour obtenir une réponse et un éclair d’espoir l’éblouit. Tout en posant comme modèle, la fille de province avait profité de l’occasion pour apprendre à maîtriser les rudiments de ce travail qui la passionnait autant que la balançoire du trapèze. À tous les présents, elle leur montra le secret qu’elle avait enfermé pendant quelque temps dans un de ses armoires. Ils ont regardé des nus de femmes, des chats et de natures mortes sans fioritures. Des fleurs aussi fragiles que délicates dans un simple verre. Edgar Degas a remarqué les lignes vives de ses dessins et de ses peinture et, après avoir baissé les yeux un instant, il s’approcha d’elle pour la serrer dans ses bras et lui dire en caressant ses joues roses: « Tu peins comme nous ». Cette affirmation a arraché à la femme modèle un sourire plein d’espoir et de certitude. Enfin, ils la considéraient comme un membre de leur cercle. « En dehors du bon cœur, vous avez du talent ». Edgar Degas l’a toujours voulu. En fait, fasciné par son pouvoir d’expressions, il a été le premier à acheter une de ses œuvres, l’encourageant à poursuivre son chemin de passion pour la peinture. À la fin, Suzanne les a invités à boire un verre au bar du coin. L’absinthe était le seul remède contre la folie de ces temps. L’eau ne pouvait pas être vue, c’était du pur poison. C’est ainsi que la modèle et la muse sont sortis du cadre de ce grenier. Jusqu’à présent, elle n’était qu’un peintre invisible. C’était le triple saut périlleux de Suzanne. La trapéziste rêveuse est passée de modèle à être considéré et admiré en tant qu’artiste. Maintenant elle était l’un d’entre eux. Une de plus. En effet, l’année suivant, elle expose ses dessins au Salon de la Nationale. Au bout du compte sont venus la gloire, l’argent et, ce qui était le plus difficile, la reconnaissance entre collègues de profession, devenant la première femme à administrer la Société nationale des Beaux-Arts. Nous devons garder à l’esprit qu’à cette époque-là, la peinture –et presque tout- était une affaire d’hommes. Les femmes artistes de l’académie ont même été interdites d’assister aux cours de nu féminin.

 

 

V

  Plus proche de la forcé irrésistible de la nature que des conventions morales d’une société bourgeoise, Suzanne Valadon a vécu à sa guise. Les amants qui l’adoraient n’avaient d’autre choix que de se laisser équilibrer entre l’admiration et l’amour éphémère. Même le musicien Erik Satie a laissé les touches de son piano pour tomber dans ses bras, le lendemain de sa rencontre avec elle. Après une année de relation, elle a quitté le musicien, plongé dans la solitude la plus froide, sans écouter les échos du vent dans la tête et le cœur déchiré. Elle est venue pour avoir comme amant un jeune homme riche qui, après l’avoir débarrassé de ses difficultés économiques, lui a permis de se consacrer exclusivement à la peinture. Mais elle ne pouvait pas supportes le silence de la maison de campagne entourée de tout le confort. Elle était noyée dans le poids de la vie bourgeoise. Malgré les difficultés qu’il a rencontrées dans la vie, elle n’a jamais abandonné la passion de l’amour et l’a trouvé chez un jeune peintre, ami de son propre fils. Il est beau comme un dieu. C’est ainsi que son cœur l’a décrit. Un jeune homme qui a également reconnu la grandeur de sa palette. C’est pourquoi il ne lui fallut pas longtemps pour quitter son riche amant pour retourner à la bohème de Montmartre afin d’embrasser à ses amis.

 

VI

  La lumière du crépuscule commença à arroser la colline de Montmartre.  Il y avait des nuages orange dans le ciel de Paris. Les lilas qui ont été vus dans les jardins de cette rue ont fleuri un printemps de plus. À l’arrière-plan se trouvait l’abbaye des religieuses bénédictines. Et des moulins. Partout il y avait de tavernes, des salles de danse et des tanières de mauvaise réputation. Loin de l’éternel féminin, le regard de Suzanne était le miroir de la solitude. Un jour, Toulouse-Lautrec s’aperçut que la femme qui paraissait seule était-elle. Elle seule devant l’abîme. À la fin, le maître a décrit l’élève comme étant la femme qu’elle était. « Portrait de Madame Valadon, artiste peintre ». Maintenant c’était ce qu’elle voulait être. Une artiste consacrée à l’art de la peinture. Entre le ciel bleu et les précipices gris. Suzanne était assise seule au bord d’un chemin, à l’extérieur de Montmartre. Cette minuscule silhouette à côté de la grandeur du paysage a été présentée comme la maîtresse des paysages abandonnés. Peut-être posait-elle des questions ou venait-elle de recevoir les caresses du vent. Dans sa solitude, elle a vu tous ces peintres consacrés comme des êtres aussi grands qu’insignifiants. Même quand elle travaillait comme modèle, elle avait cessé d’être une femme. Sa présence imposait un certain silence et beaucoup d’admiration. Avec ses yeux, plus qu’avec des mots, elle a interrogé tout ce qu’elle a vu et l’a entouré. C’était le poison de la sagesse. Pour connaître la vérité de la femme il fallait percer la surface de l’éternel féminin.      

 

VII

  La palette de Suzanne était riche en couleurs dispersées comme des lumières tamisées ou éclatants comme des flammes intenses. Dans son travail, elle a essayé de saisir ce qu’elle a vu et ressenti. En tant que femme dotée d’une personnalité audacieuse et moderne, elle ne se sentait pas soumise aux normes établies. Cependant, elle était très exigeante avec elle-même et ne considérait pas une œuvre terminée tant qu’elle ne la regardait pas parfaite pour être exposée. Ses œuvres étaient une exaltation de la beauté de la nature, dont nous devons profiter. Elle a marqué des lignes et des formes comme si elle voulait s’affirmer. Suzanne a montré une disposition particulière en décrivant les grands espaces des paysages. Les personnages, émouvants ou calmes, avaient le pouvoir de l’instantané. Dans les gestes du corps a révélé le caractère du personnage et son importance dans la scène. Il y avait des taches de couleur. Les volumes profilés sont devenus des espaces géométriques. Après avoir peint des nus féminins, elle a trouvé son paradis dans la représentation du nu masculin, ce qui était tout à fait un scandale à cette époque-là. Les puritains en service l’ont forcé à couvrir les organes génitaux d’Adam, représenté par son jeune mari, si elle voulait exposer l’œuvre. Alors Suzanne, qui représentait une Ève débarrassée de tous préjugés, cueillit la pomme de façon décisive et donna à Adam des feuilles de vignes pour couvrir ses doutes et ses peurs. 

 

VIII

  Tout a commencé sur une balançoire suspendue à la branche d’un arbre, près d’une rivière, pour se terminer sur la colline de Montmartre, où elle est arrivée le sourire aux lèvres et rien dans les poches. Dès sa plus tendre enfance, elle a fait face à l’adversité. Les jours qui frissonnait de froid à côté de la bougie et les jours qu’elle n’a ni mangé ni dormi. Des jours de rêves et des jours où l’âme s’est évanouie. Maintenant elle peint avec passion, à la lumière d’une lampe à gaz, jusqu’à ce que l’aube envahisse le vaste atelier de la rue Cortot, où séjournaient de nombreux artistes. Là-bas, elle a vécu une vie confortable, mais sans luxe. Lorsque les marchands ont vendu certaines de leurs peintures, il y avait des fêtes, des boissons, de l’amour et quatre mots de plus. Son nom était gravé de sang, de sueur et de rêves dans les livres d’histoire, cessant ainsi d’être l’une de ces femmes inconnues qui tombent dans l’oubli. Ce jour-là, il y avait à peine de lumière dans la pièce de ce palais. Le ciel menaçait d’orage. Au-delà de la fenêtre, tout était plongé dans l’obscurité. Bien qu’elle soit loin de Paris, elle a senti le battement de la colline de Montmartre. En grimpant encore dans le trapèze de la vie, elle était équilibrée entre les cieux qui se perdent dans l’infini et les précipices qui nous mènent au néant. La lumière d’une femme comme Suzanne Valadon ne pouvait être éteinte qu’un jour de printemps.

 

Directiva de cookies

Este sitio utiliza cookies para el almacenamiento de información en su equipo.

¿Lo acepta?